Hay días en los que todo fluye.
Recibí una llamada de alguien interesado en un piso de alquiler, y justo estaba yo en uno de esos días habladores que, como me dejen hablar de mi trabajo, me vengo arriba. El chico solo quería ver la vivienda. Pero empezamos a hablar... y ya no paramos.
Me contó que buscaba alquilar porque quería vender su piso actual y comprarse un solar a las afueras de Santa Cruz de Tenerife. Y yo, como siempre, sin forzar nada, simplemente compartí cómo trabajo, lo que hago y lo que no hago.
A los pocos días, me llamaron: “Cris, ya estamos instalados en el piso de alquiler. Vamos a ver el nuestro para que lo vendas tú.”
Él había trabajado antes en otra inmobiliaria que solo funcionaba con exclusivas. Yo le dije lo que siempre digo:
“No pido exclusividad. Si confías en mí, dámela. Pero porque te la gane, no porque te la exija.”
De hecho, hasta mi encargo de venta pone “Sin Exclusividad”, aunque muchas veces me la acaban dando igual.
Fuimos a ver su piso, lo valoré con datos reales, y él me dijo:
“Prefiero ponerlo un poco por debajo para que se venda antes.”
Pero yo le propuse otra cosa:
“Vamos a probar un poco por encima. Si alguien quiere negociar, que haya margen.”
Me miró y me dijo:
“Vale. Tú sabes más que yo de esto ya.”
Yo tenía otro cliente que iba a ver una propiedad parecida, justo dos calles más allá. Le ofrecí ver este piso antes de publicarlo oficialmente.
Siempre hago fotos y vídeos. Me encanta grabarlos y subirlos a redes, porque forman parte de una estrategia premium para llegar al comprador adecuado. Disfruto haciendo un marketing completo, profesional y personalizado. Es mi parte creativa, y a la vez, parte esencial de mi trabajo. Aunque esta vez me dejó a medias… porque justo cuando estaba preparando el vídeo, ¡se vendió!
Y aquí viene lo bueno: el comprador entró, dio un vistazo rápido y me lanzó una oferta.
Yo, sin pensarlo, le dije que no.
“No lo he publicado todavía. Siempre intento sacar el máximo precio a mis vendedores.”
Entonces subió la oferta.
Llegó justo al precio que quería el propietario.
Lo llamé, me dijo que sí… y la venta se cerró ahí mismo.
Cuando el propietario me confirmó que aceptaba, miré al comprador y le dije:
“Me acabas de fastidiar el vídeo que estaba grabando para las redes.”
Nos reímos todos.
Esa grabación quedó solo para el recuerdo.
Pero lo mejor vino después: ese comprador, que se sorprendió tanto con cómo gestioné todo, acabó trabajando conmigo. No se quiso ir.
A veces, solo necesitas una buena conversación.
Y una inmobiliaria que no te presione, sino que te escuche y actúe con cabeza.
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